Atenas vocifera todos los días del año, pero en las tardes de agosto además se queja y gruñe. El calor es demasiado inhumano y los pocos habitantes que no han huido en masa hacia Eubea o las costas del norte se dejan la piel en la capa de mugre que cubre gran parte de la ciudad. Los turistas menos informados aterrizan en Atenas para disfrutar de sus mil ruinas, pero luego se ven obligados a madrugar lo indecible para subir pronto a la Acrópolis por las mañanas y así no sufrir una lipotimia si se intenta acceder a partir de las once. Sólo los cientos de indómitos perros, que nadie sabe de dónde salen, vagan sedientos por Ermou y las calles de Plaka en busca de un lugar en el que derrumbarse a dormitar.
Cédric no ha tenido alternativa y ha tenido que llegar a la ciudad en agosto para buscar piso, justo antes de volver a París para hacer maletas y regresar a Grecia para instalarse a vivir su año Erasmus. No era su primera elección, pero bien es cierto que tampoco lo considera un horror. Desde París, todo el mundo le ha dicho que busque piso en Psirri, donde se concentra lo más moderno de Atenas, pero según deja la calle Ermou y remonta Miaouli, se da rápidamente cuenta que su madre no le va a permitir instalarse ahí. Sabe positivamente que le acompañará en quince días, para supervisar ella personalmente toda la instalación del chaval en Atenas, y se negará en redondo a dejarle en ese lugar espantoso que se cae a pedazos. Por eso sólo da un paseo y, reticente, luego se dirige hacia Exarchia, donde las zonas ajardinadas y cierto ambiente de calma resultarán apropiadas para los miedos de su madre. Aunque, cuando ella vuelva a Francia y le deje a sus anchas, él volverá a Psirri una vez tras otra. Lo decide en ese instante.
No es que Atenas disponga de rincones de postín que puedan competir con la Vendôme o el Upper East Side, pero siempre quedará Kolonaki y sus señoras y las tiendas de marca que tienen que estar en Grecia por obligación comercial aunque claramente quisieran estar en otros sitios. No es que Microlimano no pueda hacer las delicias de quienes vienen con sus yates de Saint Tropez o de Corfú, y desde luego no es que la Acrópolis sea algo de morondanga que puedes encontrar en cualquier otro lado. Sin embargo, Atenas es hoy más sombra del pasado que proyección de futuro y eso, se quiera o no, daña el alma superviviente de la ciudad.
Aun con todo, y a paso lento, Cédric intuye -con acierto-, que un año en aquella amalgama de calles desordenadas y fachadas descascarilladas le ayudará a entender no solamente el inquebrantable y brillante pasado de Grecia, sino también el suyo propio como parisino burgués del octavo distrito que ha elegido comportarse como otro joven más de su edad. Cruzar Panepistimiou y remontar la calle Themistokleous como si se iniciara un arduo ascenso al monte Licabettos le hace sonreír; Atenas está tan deseosa de proyectos como él mismo. Todo parece latir, incluso bajo esa canícula insoportable de agosto, en pos de algo que tiene que ser a todas luces mejor, porque peor sería difícil. Las hordas de egipcios, asiáticos, paquistaníes, turcos encubiertos que no quieren decir que lo son, y los propios griegos de casta en cuya sangre corren siglos de mezclas, lo invaden todo fingiendo que son también de la misma Europa que los demás. Saben que no es así. Por suerte. Pero, claro; obviamente, eso no se puede decir.
Cédric, absorto, ni siquiera toma conciencia de que una chica, delgada como un palo, se para de repente frente a él para consultar un mapa. Choca irremediablemente contra ella. No es de Atenas porque está consultando un mapa turístico, pero puede ser de otras partes de Grecia. Por eso le pide disculpas en su paupérrimo griego: signomi! Ella, espléndida, le sonríe con toda la cara.
- No pasa nada. Siempre podría haber sido un choque con alguien desagradable.
Cédric se ruboriza al instante. Es un chico tímido, al fin y al cabo. Decide sonreír pero seguir adelante, hasta el semáforo que cruza Panepistimiou. Cuando se detiene ante la luz roja, observa que la chica se ha puesto a su lado.
- ¿Me podrías decir cómo se llega a Plaka? Tengo una cita importante y llego tarde.
Es Nuria, y la muy fresca va a dejar plantada a su cita muy importante por Cedric... ¡Anda, que nos ha salido tonta, eh?
ResponderSuprimir¡Excelente! Ya no es sólo que me intrigue, es que me está empezando a resultar fascinante.
ResponderSuprimirEsto engancha...
ResponderSuprimirY el resto ¿cuándo?
ResponderSuprimirEs una lástima que un relato tan bueno no haya continuado.
ResponderSuprimirNo sé si habrás leído mi anterior comentario, el del 6 de febrero, y no sé si leerás éste. Repito que es una pena que no termines estos relatos de Mitonimias. He leído tu libro "La piel del Príncipe" y me ha parecido excelente. ¿Has publicado algún otro?
ResponderSuprimirPerdón METONIMIAS
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