domingo, 22 de agosto de 2010

Tiempo a ratos. Parte I

Atenas vocifera todos los días del año, pero en las tardes de agosto además se queja y gruñe. El calor es demasiado inhumano y los pocos habitantes que no han huido en masa hacia Eubea o las costas del norte se dejan la piel en la capa de mugre que cubre gran parte de la ciudad. Los turistas menos informados aterrizan en Atenas para disfrutar de sus mil ruinas, pero luego se ven obligados a madrugar lo indecible para subir pronto a la Acrópolis por las mañanas y así no sufrir una lipotimia si se intenta acceder a partir de las once. Sólo los cientos de indómitos perros, que nadie sabe de dónde salen, vagan sedientos por Ermou y las calles de Plaka en busca de un lugar en el que derrumbarse a dormitar.

Cédric no ha tenido alternativa y ha tenido que llegar a la ciudad en agosto para buscar piso, justo antes de volver a París para hacer maletas y regresar a Grecia para instalarse a vivir su año Erasmus. No era su primera elección, pero bien es cierto que tampoco lo considera un horror. Desde París, todo el mundo le ha dicho que busque piso en Psirri, donde se concentra lo más moderno de Atenas, pero según deja la calle Ermou y remonta Miaouli, se da rápidamente cuenta que su madre no le va a permitir instalarse ahí. Sabe positivamente que le acompañará en quince días, para supervisar ella personalmente toda la instalación del chaval en Atenas, y se negará en redondo a dejarle en ese lugar espantoso que se cae a pedazos. Por eso sólo da un paseo y, reticente, luego se dirige hacia Exarchia, donde las zonas ajardinadas y cierto ambiente de calma resultarán apropiadas para los miedos de su madre. Aunque, cuando ella vuelva a Francia y le deje a sus anchas, él volverá a Psirri una vez tras otra. Lo decide en ese instante.

No es que Atenas disponga de rincones de postín que puedan competir con la Vendôme o el Upper East Side, pero siempre quedará Kolonaki y sus señoras y las tiendas de marca que tienen que estar en Grecia por obligación comercial aunque claramente quisieran estar en otros sitios. No es que Microlimano no pueda hacer las delicias de quienes vienen con sus yates de Saint Tropez o de Corfú, y desde luego no es que la Acrópolis sea algo de morondanga que puedes encontrar en cualquier otro lado. Sin embargo, Atenas es hoy más sombra del pasado que proyección de futuro y eso, se quiera o no, daña el alma superviviente de la ciudad. 

Aun con todo, y a paso lento, Cédric intuye -con acierto-, que un año en aquella amalgama de calles desordenadas y fachadas descascarilladas le ayudará a entender no solamente el inquebrantable y brillante pasado de Grecia, sino también el suyo propio como parisino burgués del octavo distrito que ha elegido comportarse como otro joven más de su edad. Cruzar Panepistimiou y remontar la calle Themistokleous como si se iniciara un arduo ascenso al monte Licabettos le hace sonreír; Atenas está tan deseosa de proyectos como él mismo. Todo parece latir, incluso bajo esa canícula insoportable de agosto, en pos de algo que tiene que ser a todas luces mejor, porque peor sería difícil. Las hordas de egipcios, asiáticos, paquistaníes, turcos encubiertos que no quieren decir que lo son, y los propios griegos de casta en cuya sangre corren siglos de mezclas, lo invaden todo fingiendo que son también de la misma Europa que los demás. Saben que no es así. Por suerte. Pero, claro; obviamente, eso no se puede decir.

Cédric, absorto, ni siquiera toma conciencia de que una chica, delgada como un palo, se para de repente frente a él para consultar un mapa. Choca irremediablemente contra ella. No es de Atenas porque está consultando un mapa turístico, pero puede ser de otras partes de Grecia. Por eso le pide disculpas en su paupérrimo griego: signomi! Ella, espléndida, le sonríe con toda la cara.

- No pasa nada. Siempre podría haber sido un choque con alguien desagradable.

Cédric se ruboriza al instante. Es un chico tímido, al fin y al cabo. Decide sonreír pero seguir adelante, hasta el semáforo que cruza Panepistimiou. Cuando se detiene ante la luz roja, observa que la chica se ha puesto a su lado.

- ¿Me podrías decir cómo se llega a Plaka? Tengo una cita importante y llego tarde.

 

jueves, 19 de agosto de 2010

Primera adivinanza

Cuando colgó el telefonillo, Nuria volvió a la cama. Sabía que no tenía mucho tiempo, puesto que aún tenía que hacer la maleta y su avión despegaba a las tres, pero al menos una hora más podría holgazanear en la cama y tratar de olvidar la noche anterior y al pesado aquel. Era de aquellas personas con la bendita capacidad de volver a dormirse una y otra vez, fuera lo que fuera lo que hubieran hecho previamente. Tan pronto como su cuerpo rozaba las sábanas, desaparecía del mundo de los vivos independientemente del tiempo que hiciera que había vuelto a él. Aquella mañana no fue una excepción. 

Lo que ocurrió ese sábado poco antes de salir de viaje es que soñó con ella. 

Nuria estaba sentada en una terraza tranquila, y había un montón de perros por todas partes que rehuían el terrible calor como podían, dormitando en pedazos de sombra y ahuyentándose entre ellos para tener el mejor lugar. Había parras y paredes de piedra, murmullos en el ambiente que no supo identificar de dónde venían. La mujer apareció en el instante en que Nuria hacía ademán de levantarse y marcharse. Se acercó, oronda y trastabillante, hacia ella. Se dejó caer pesadamente en la silla vacía.

- Bienvenida. - resopló la mujer, abanicándose con un trozo de papel. - ¿Es tu primera vez?
- Sí.
- Ya. Hoy tendrás que hacer todo lo obligatorio en esta ciudad.
- ¿Quién es usted, perdone?
- La ciudad.
- ¿Cómo? 
- Soy la ciudad. Esta ciudad. Ay, espero que no seas una niña lenta. - gritó de repente la mujer, sobresaltándola.

Debía tener unos ciento noventa años, aproximadamente, pero había algo que la mantenía viva con cierta huella de juventud. Era vieja, estaba ajada y aquejada de mil problemas distintos de salud, pero se mantenía viva. Siempre viva. Probablemente, incluso más que ella misma. Su pelo estaba enmarañado, no del todo limpio y sobre su piel cetrina se apreciaba una pátina de suciedad que se habría eliminado con tan sólo una ducha. Lleva una blusa más vieja que ella pero una falda de corte muy moderno. Un medallón antiguo al cuello y unos zapatos cómodos y de moda. Contrastaba ella con el ambiente pero también consigo misma, como si los cánones estéticos fueran algo que le importara un pito.

- ¡Es que me importan un pito! - vociferó, de golpe, asustándola de nuevo. - No tengo ni edad ni tiempo para perder el tiempo en tonterías.

Sus ojos se movían en todas direcciones a la caza de estímulos y emanaba la sensación de analizarlo todo y apuntarlo en un rincón de la memoria, como el que está haciendo acopio de información para poner una gran demanda. Ante todo, aquella anciana joven estaba enfadada y se sentía demasiado olvidada.

- Así que vienes a verme por primera vez. ¿Qué esperas de mí? - le preguntó sin tapujos.
- No espero nada.
- Ah, entonces quizás no te marches desilusionada. Estoy harta de que la gente se marche diciendo que soy una decepción.
- Descuide. - la tranquilizó Nuria. 

La mujer se levantó de la silla y comenzó a caminar por una callejuela estrecha poblada de perros, dirigiéndose al sur. Aunque no lo podía ver, Nuria podía oler el mar. Siguió a la mujer que caminaba a duras penas, pero sabía muy bien dónde iba.

- Fui muy bella. Fui la más bella. Y algún día lo volveré a ser.
- ¿Tan mayor?
- Nosotras las ciudades no tenemos edad. Fíjate en tu Barcelona querida; cuando estaba menopáusica perdida la dejaron hecha un pincel y ahí está, en el podio de las más bellas todos los años.
- Yo no soy de Barcelona.
- Pero te gusta.
- Sí.
- Pues eso, ¿qué más da? Yo algún día volveré a estar ahí.
- ¿Y para qué?

La mujer detuvo su deambular y la miró a los ojos. Había algo terriblemente sincero en ellos. Unos ojos que no ocultaban nada ni pretendían hacerlo. A través de la acuosidad de aquella mirada, se veía la historia remota, la historia cercana, el presente y casi todas las contradicciones, pero también podían palparse las ganas de futuro, la vida palpitante, el cruce de caminos que la había hecho tan grande. 

- No sé quién es usted. - dijo Nuria
- Da igual. Lo sabrás en cuanto aterrices. Pero te tengo que pedir una cosa. 

La mujer reinició su camino, importándole muy poco si Nuria la seguía o no. De hecho, no lo hizo y se quedó viendo cómo se alejaba camino de una de las dos colinas principales. Aun dándole la espalda mientras se iba, Nuria la pudo escuchar bien.

- Mírame con los ojos del pasado. No me juzgues. Recuerda siempre quien fui y entenderás que merezco mucho más de ti. 
- ¿Quién es usted?
- Mira en tu tarjeta de embarque. ¡Bienvenida a tu primera vez!



PD. La primera palabra del próximo post será la solución al enigma. Acepto apuestas, de todos modos, en los comentarios...

miércoles, 18 de agosto de 2010

Arturo y las fiestas de la Latina. Parte III (y última)

Las mañanas de agosto en Madrid a veces se parecen a sonrisas. El aire pesa poco, el calor cede espacio a un frescor entre azul y transparente, no se escucha apenas nada y la ciudad se traduce en calma. Aquella mañana de sábado, Arturo se despertó en la cama de Nuria y, cuando ella aún dormía, descorrió la cortina de la ventana y se quedó contemplando dos fachadas casi gemelas rematadas por un trozo de cielo blanquecino.

Había reaccionado a tiempo, por suerte. Se había callado la frase “la que veo en sueños”, porque entendió rápidamente que no lo iba a comprender. Pero era cierto que la había soñado en varias ocasiones; quizás no era tan delgada. Quizás no destilaba tantos enigmas. Quizás era más una mujer y no tanto un sueño, pero era ella. Era Nuria.

“A ti qué te parece”, había replicado ella, validando sin saberlo la exagerada definición de Andrés de un Madrid mágico que todo lo conecta. Todo había sido fácil desde aquel momento, porque ni el uno ni el otro aclararon qué quisieron decirse con su abrupto saludo, pero fue suficiente para entender que la conexión era real. Ella fue tierna, seductora, esquiva y atenta. Sabía luchar muy bien en la guerra sangrienta de la Latina. Él ni siquiera era de Madrid, y además la había soñado. Tenía todas las de perder.

Cuando bajó a por churros aprovechando que la chica aún dormía, Arturo no pudo evitar pensar que aquella naturalidad con la que Nuria le había vencido era quizás la misma que Madrid ofrece a todo el que llega a vivirla. No importan las intenciones, da lo mismo la dirección que se tome: Madrid lo acepta todo, propulsa a las personas hacia adelante quizás con la única advertencia de que lo único que no está permitido es detenerse. Imbuirse de aquella energía es lo lógico y el mayor obsequio que uno se puede dar al rodearse de tanta vida. A Madrid le da igual ser fea o menos bonita que otras, porque sabe que, en realidad, regala más cosas a más gente. Incluso a transeúntes como Arturo, cuyas visitas de cortesía se demoraban de año en año.

El aroma de los churros inundaba la acera desde por lo menos cincuenta metros antes de llegar a la puerta. Arturo compró medio kilo aunque se arrepintió inmediatamente porque el cucurucho era hiperbólico habida cuenta del tamaño de Nuria, que no comería más que medio con toda seguridad.

No le quedó otra más que llamar al telefonillo, porque obviamente no tenía llaves. No cayó en aquel detalle cuando salió con ilusión a por el desayuno. Llamó un par de veces, consciente de que le costaría despertarla. Pero a la segunda contestó.

-¿Sí?
-Hola, soy yo. Traigo el desayuno.
-¿Quién?
-Arturo.
-Ah… ya… oye, es que tengo cosas que hacer. ¿Te importa que nos veamos en otro momento?
-Pero déjame subirte los churros, al menos…
-Es que tengo cosas que hacer.
-Bueno, pues te llamo luego.
-No, tranquilo. Ya te llamo yo, si eso.

Y el telefonillo enmudeció sin piedad, aniquilando el agradable aroma de los churros, la mañana clara de agosto y la recién nacida ilusión de Arturo.

A veces, detenerse es sencillamente parar a sonreír. Y la culpa no es de Madrid, porque quien avisa no es traidor. Arturo lo supo cuando levantó la vista para mirar la fachada del edificio de Malasaña donde había pretendido entrar, impertérrito a pesar de la nueva desolación del chico. No pudo evitar sonreír ante los pinchos de alambre que sobresalían de las cornisas; un artilugio destinado a ahuyentar a las palomas para que no se posen y ensucien las paredes. Un método punzante, pasivo y agresivo. Un método como otro cualquiera, pero efectivo. Había uno exactamente como mucho a tres metros de distancia de la cama de Nuria. Qué esperaba.

Cambió su billete y salió ese mismo día hacia Santander. No se preocupó de avisar a Íñigo, ni a Andrés, ni a nadie. Tal y como había llegado, se marchó. Madrid, caliente y descuidada, permaneció tras el tren despidiéndole con cariño. Las cuatro torres, altivas, parecieron darle la espalda, incapaces de prestar atención a su huida. A pesar de la calma, de la alegría, del verano, de los chotis y los churros, de las sonrisas, de las sangrientas batallas seductoras, no había tiempo para detenerse.

Madrid seguiría ahí, enlazando vidas y deshaciendo otras, obedeciendo como siempre a su extraordinaria función.






martes, 17 de agosto de 2010

Arturo y las fiestas de la Latina. Parte II

El individuo tironeó de él, aferrándole con fuerza por el brazo. Retrocedió tres, cuatro pasos, pero muy pronto le hizo desaparecer por la calle de las Aguas, donde algunos transeúntes venían de cara para dirigirse a la esquina de los chotis. Justo en el instante en que Arturo iba a gritar socorro, asustado ante aquella súbita aparición que le empujó el corazón contra las amígdalas, el desconocido le soltó y se puso frente a él, riendo.

-¿Es posible que no me conozcas, Arturo? – soltó, borrando de un plumazo toda violencia de su tono y su presencia. - ¡Soy yo, soy Andrés!

Arturo, aturdido, observó a aquel mostrenco de casi dos metros que le había llevado en volandas sin apenas reparar en el daño que podía estar haciéndole. Al parpadear un par de veces, reconoció a aquel Andrés también de Deusto a quien nunca más había vuelto a ver y de quien apenas se había acordado en todos aquellos años. Sin embargo, la normalidad con la que había ejecutado su broma pesada denotaba que él si se acordaba de Arturo. Éste, cuyo temor se diluyó de repente en la rabia, se sintió encendido y no pudo detenerse ni a pensar. Le soltó un fenomenal puñetazo en el hombro al chico que le hizo tambalear.

-Pero, ¿tú estás loco? ¿Te crees que es normal agarrar así a alguien por la calle?
-Tío, no te mosquees, joder… Era una broma. ¡Ya me conoces!
-Pero si apenas me acuerdo de ti, tarugo. ¿Cuántos años hace?
Pero Arturo no se había enfadado; tan sólo había liberado la alta tensión de los cinco últimos segundos pero, al fin y al cabo, pudo con él el estupor de la sorpresa de encontrarse de ese modo con Andrés, a quien había apreciado.

-¿Estás solo? –le preguntó Andrés.
-No, estoy con Íñigo. Íbamos a buscaros.
-¿A quiénes?
-A vosotros.
-¿Qué? Pero si yo no he vuelto a ver a Íñigo desde la universidad.
-¡Qué me dices! ¡Qué casualidad!
-Bueno… no sé qué decirte. Madrid tiene pocas casualidades. Aquí todo tiene una explicación, la mayoría de las veces la mar de extraña.
-¿Qué significa eso?
-Nada, hombre, no pongas esa cara. Sólo que te sorprenderían la cantidad de conexiones que se dan aquí de la manera más inimaginable.

Arturo no acabó de entender a Andrés, y además eligió no hacerlo. Nunca había estado demasiado abierto a las divagaciones filosóficas ni a las grandilocuentes charlas potenciadas por la marihuana. Andrés iba claramente fumado, aunque aquello no sorprendió a Arturo: la última vez que le vio también lo estaba y probablemente jamás había dejado de estarlo.

Con el ánimo de encontrar de nuevo a Íñigo, salieron de nuevo a la esquina del chotis, donde entonces todo el mundo aplaudía a rabiar a los improvisados artistas, pero a pesar de que Arturo le llamó dos ó tres veces seguidas, no hubo manera de que el otro escuchara las llamadas. Le extrañó, no obstante, que aún no hubiera reparado en su ausencia y que no hubiera echado mano al teléfono para comprobar si le había llamado. Lo que no sabía Arturo es que Íñigo se había olvidado el teléfono en casa y que, por más que quisiera, no tenía modo alguno de localizarle.

-Da igual. – dijo Andrés. – Vente conmigo. Iba a buscar a mi novia; hemos quedado en el Delic. Seguro que estará con alguien más y te unes sin problema.

A pesar de que su primera respuesta fue un “no” rotundo, ya que aún estaba preocupado por dejar a Íñigo tirado, cayó entonces en la cuenta que lo tenía tan fácil como responder a sus llamadas perdidas. Aunque nosotros sabemos que eso no iba a ser posible, el chico eligió pues irse con Andrés hasta la plaza de la Paja, cruzando de nuevo todo el núcleo de la Puerta de Moros y sorteando las almas que ya se desparramaban por el suelo, aferrados a sus botellas para iniciar el ritual de rendición a los sentidos. La batalla había estallado ya y los cuerpos se movían con más despreocupación. El sol se alejaba tras la basílica de San Francisco el Grande dejando a la Latina sumida en una tenue claridad que inspiraba toda la indulgencia que la gente abrazaba. Aun sin otra música que los chotis que repiqueteaban en los altavoces, todo el mundo se movía al son de un mismo ritmo. Una marea común de alegría, extrema y madrileña hasta la médula; la celebración de la fama de ser la ciudad más divertida del mundo. Arturo pensó que en días como aquel, Madrid era esa ciudad, ufana y despreocupada, amigable, dispuesta a todo; como si el rugido de lunes a viernes no importara o, peor aún, no existiera.

Andrés iba saludando a diestro y siniestro, aquí y ahí, como si fuera el hombre más conocido de Madrid, mientras intercalaba sonoras palmadas en la espalda de Arturo para subrayar lo contento que estaba de haberle encontrado así, tan de sopetón. Como era tan alto, por cada una de sus zancadas Arturo tenía que dar dos para seguirle, con lo que alcanzó el Delic casi sin aliento. Andrés oteó en el interior del local, con Arturo pisándole los talones, pero no localizó a nadie. Fue al darse la vuelta cuando, los dos, se toparon de frente con dos chicas. Una de ellas estaba a punto de pellizcar el culo de Andrés, pero no llegó a tiempo. Era María, su novia, más avispada que él.

La otra, quieta, estrecha y atildada como un poste de teléfono, se limitó a observar los ojos de Arturo quien, por segunda vez en menos de cinco minutos, notó elevarse el corazón.

-¿Tú eres… tú… la que…? – pero no logró acabar la frase. Fue ella, la extraña, la que replicó.
-A ti qué te parece…

lunes, 16 de agosto de 2010

Arturo y las fiestas de la Latina. Parte I

No solía ir mucho a Madrid, pero le gustaba hacerlo al menos una vez al año, preferentemente en agosto cuando las hordas colonizaban la costa y dejaban a la ciudad más en paz que nunca. El año de autos, sin ni siquiera ser consciente de ello, organizó su viaje para mitad de mes. Llamó a su amigo Íñigo, un vasco que se había instalado en la capital muchos años antes. Íñigo le dijo que estaría disponible para recibirle, y Arturo tomó un tren desde Santander para dejarse caer en Madrid a las tres de la tarde de un viernes pesadísimo, cuando el calor agrietaba el asfalto y también el ánimo de quienes ya habían vuelto de vacaciones o bien las veían aún lejos. 

Fue al hostal a dejar su exiguo equipaje, y acordó con Íñigo verse junto al arco de Cuchilleros tres horas más tarde. Cuando le vio, Arturo pensó que Madrid le sentaba bien porque tenía mejor aspecto que cuando ambos estudiaban en Deusto. Claro que, bien pensado, aquello no era necesariamente un logro puesto que Íñigo era feo de caerse y mejorar no hubiera sido lo difícil en ningún caso. Ahora al menos tenía el aspecto de un hombre urbano, similar en naturalidad a tantos otros madrileños treintañeros, y sus orejas de soplillo quedaban afortunadamente disimuladas tras una bendita cortina de pelo. No estaba mal, no estaba peor, pero seguía siendo Íñigo en esencia. 

Quedaron en Cuchilleros porque Íñigo le propuso ir directamente a la Latina para mostrarle el ambiente de las fiestas de la Paloma. "Me parece bien, porque no he estado nunca", aceptó Arturo. Y con el ánimo curioso, siguió a su amigo hacia la Cava Baja y, desde ahí, se adentraron en el océano de gente que invadía la Puerta de Moros. La Latina rebosaba, a pesar de la hora temprana, de gente desesperada por olvidar sus condiciones laborales o académicas y empaparse de calle y de otros desesperados. No pudo evitar pensar que, en Madrid, las relaciones se ceñían a las agendas como todo lo demás, y que el gentío que le rodeaba no hacía más que actuar con premeditación, sin naturalidad. Aunque no fuera cierto -que no lo era-, Arturo se sintió satisfecho de proceder de un lugar donde el ocio no era ni masivo ni planificado. 

La Latina hervía con una mal escondida necesidad de explotar. Todos los que por ahí rondaban sabían que era pronto para emborracharse, pero no lograban ocultar las ganas que tenían de ello. Los cuerpos se movían con inquietud, mirando furtivamente en todas direcciones, aparentando estar tranquilos, sonriendo con descuido. Pero, en realidad, se preparaban para la gran batalla del ligue, donde no hay piedad ni segunda oportunidad, ni tregua, ni descanso, ni posibilidad de éxito a partir de una hora. Quién fuera a disparar el pistoletazo de salida y cuándo lo haría era una incógnita, pero ocurriría. Sin duda alguna.

Arturo no podía ser consciente de ello, y por eso no tuvo la precaución de pegarse a Íñigo como una lapa. Anduvieron arriba y abajo de la Puerta de Moros, en busca de los amigos del vasco que, según él, ya andaban por ahí, pero como no tuvieron suerte, Íñigo dedujo que quizás andarían por Mediodía Grande o Chica, ya parapetados en las barras de sus bares habituales. Frente a la esquina de la calle del Ángel les detuvo un chotis improvisado, bailado por tres parejas sesentonas ataviadas de chulapos, al que rodeaban un grupo enorme de curiosos que obstaculizaban el paso. Arturo, con la curiosidad del que ve algo por primera vez, se detuvo sin darse cuenta para observar los precisos y breves pasos de los danzantes mientras sonreía al percibir el contraste de la antigüedad con el otro Madrid que flotaba en el aire en todo momento; el metropolitano, el de hoy, el consciente de su papel de punto centrípeto en el mapa. Saboreó aquel choque de  generaciones. Se sintió él mismo partícipe del espectáculo. Celebró haber coincidido con las fiestas de la Paloma. 

Levantó la vista para seguir a Íñigo, pero ya no le pudo ver. La masa le había engullido. Se puso de puntillas y cabeceó, pero no logró verle. Maldijo a media voz. No le quedó más remedio que echar mano al teléfono móvil y llamarle pero, justo cuando estaba a punto de sonar el timbrazo, una mano le arrebató el teléfono de la suya propia mientras que otra mano, del mismo dueño, tiraba de él por el brazo.

- Sígueme. -le susurró el desconocido, con violencia y angustia. - Hay que salir de aquí a toda leche.